Vigencia del pecado original

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Escribe Rodrigo Larraín, Sociólogo y académico Universidad Central.

Chile se ha vuelto tan raro que muchos increyentes han asumido como propio el concepto de pecado original y sus efectos en la conducta humana. Increíble. Es lo que se puede apreciar cuando se escucha a parlamentarios y especialistas en educación cuando se oponían siquiera a discutir una ley como la que se denominó ‘aula segura’.

Uno decía que la ley no consideraba el debido proceso por lo que el acusado de vandalismo, destrucción y agresión a personas pudiera ser erróneamente sancionado; un especialista en educación indicaba que muchas investigaciones demostraban que las medidas contempladas, en la posible nueva ley, traían más violencia (más, incluso, que quemar el colegio o intentar quemar a un profesor; o sea, la ley produciría un verdadero Estado fallido); una distinguida parlamentaria que es pedagoga sostenía que la ley provoca un quiebre en el ambiente de aprendizaje propio de las escuelas; un profesor universitario respondió que la violencia era un fenómeno mucho más amplio que la violencia escolar, que estaba instalada en toda la sociedad (y nos vamos acercando); otro declaraba que la ley estaba malhecha y que había que sacar una ley que fuera consultada también con los estudiantes acusados, con los profesores, con los apoderados y con la sociedad toda, para hacer la mejor ley posible (es encomiable la búsqueda de perfección); que no se garantizaba el derecho a la educación de los niños expulsados (en una colisión de derechos no se favorece a quienes estudian, sino a los que no lo hacen porque son víctimas de algo impreciso que los hace ser así).

En fin, todo esto se produce porque los seres humanos no son buenos, quizás si lo fueran no sería necesaria la ley. La tradición occidental indica que el pecado original produjo la naturaleza caída del ser humano y por ello obramos mal.

Bueno, el argumento se enmascara pues varios de sus exponentes, como se dijo, no son creyentes. Para no atribuir la maldad humana, sus fallas y defectos a algo (el pecado) que no impide actuar como es debido; podríamos pensar que los que cometen desmanes, agreden y se portan mal son inocentes por otra razón. Creo que ellos no son culpables porque el demonio los tienta, así que la culpa es del demonio y no del ‘tentado’.

De este modo se salvaría la dicotomía del victimario/víctima, es decir yo causo daño porque soy resultado de una historia que me transformó en agresor. Como el acosador que dice que cuando vio a la chiquilla con minifalda sintió el irrefrenable deseo de piropearla, tocarla y hacerle algo más. La ideología perdonadora a priori se cae.

La moral existe, todos somos sujetos de un contexto al que nos adecuamos para sobrevivir. Los pobres, los abandonados, los huérfanos, los viejos, la gente común es correcta, buscar en los ‘vulnerables de alguna clase’ razones para su mala conducta es ofensivo para cualquier persona efectivamente vulnerable; es decirles que no tienen por qué tener parámetros morales. Incluso para los malcomportados, pues se les dice que no tienen conciencia, voluntad, ni libre albedrío.